Con frecuencia nos preguntan por qué el español es la única lengua que emplea el signo de interrogación inicial, y cuál es el origen del signo final de interrogación empleado en todas las lenguas europeas modernas. La respuesta nos la trajo al Foro Cervantes María López-Contreras González, quien investigó el tema en la red.
1º) - En la mayoría de los idiomas se utiliza un único signo de interrogación al final de la frase interrogativa: How old are you? (Inglés: ¿Cuántos años tienes?). Este fue el uso habitual también en español, hasta mucho después de que la segunda edición de la Ortografía de la Real Academia, en 1754, declarase preceptivo iniciar las preguntas con el signo de apertura de interrogación invertido, (¿) y terminarlas con el signo de interrogación ya existente (?) – ¿Qué edad tienes?–, al tiempo que se ordenaba lo mismo para los signos de admiración (¡) y (!). Este criterio, en realidad, no se generalizaría hasta casi un siglo más tarde, ya que desde esa fecha de mediados del siglo XVIII hasta mediados del XIX la Real Academia Española no tuvo, ni mucho menos, el carácter corporativo e institucional que le iba a conferir la monarquía isabelina posteriormente. Las imprentas siguieron editando según la costumbre: ubicaban solamente un signo al final de las frases interrogativas o exclamativas. Si los signos iniciales se extendieron en las tipografías, no se debió a que el español tenga el problema de que no se sabe en qué momento se inicia la frase interrogativa o admirativa (la sintaxis de otras lenguas también desconoce ese momento), sino al carácter forzoso que dio la monarquía a los criterios de la Real. La norma de los signos de interrogación y exclamación iniciales fue impuesta, simplemente, de la mano de la Gramática oficial de la institución monárquica. Su carácter compulsorio estaba limitado al muy reducido ámbito idiomático de España (ver, por ejemplo, la resistencia de Chile). Una solución intermedia muy corriente consistió en utilizar los signos de apertura sólo cuando el enunciado era largo, o con riesgo de ambigüedad, pero no para las frases breves y claramente interrogativas, como Quién vive? [cita requerida].
2º) - Qué son los signos de puntuación y cuál es su historia.
Los signos de puntuación son herramientas específicamente creadas para ayudar a los lectores a comprender el significado de los textos. En los inicios de la escritura alfabética los textos eran muy diferentes de los actuales; estaban compuestos por letras que formaban una aglomeración consecutiva y compacta, en la cual no había ninguna puntuación. Esto hacía tan difícil su lectura que era indispensable leerlos en voz alta, para ir demarcando con el tono de la voz las palabras y las frases. Fueron necesarios por lo menos quince siglos para que se produjera la separación gradual de las letras de los textos en palabras y frases. En los comienzos de la Edad Media se adoptó la costumbre de poner las frases en líneas separadas; luego aparecieron la coma y el punto; posteriormente se adoptaron las mayúsculas iniciales, los paréntesis, la separación entre párrafos, hasta llegar a la diversidad de signos que tenemos hoy. Este desarrollo de la puntuación hizo posible la aparición de la lectura silenciosa a la que ahora estamos habituados. La historia de la escritura en Occidente subraya un hecho clave: el lector es quien se beneficia del buen uso de los signos de puntuación. Cuando un autor, al escribir un texto, cuida la puntuación, no lo hace por un vano alarde de erudición sino porque tiene interés en que sus lectores entiendan lo que dice. El mal uso de la puntuación indica, por contraste, que posiblemente el autor no tiene claro lo que quiere decir. (...)
3º) - Signo de interrogación.
- Origen El origen del signo es oscuro y se han formulado varias hipótesis[2]:
- Puede ser una estilización de Qo, abreviación de la palabra latina quaestio.
- Puede ser una modificación del signo de interrogación griego, que en su forma es idéntico a nuestro punto y coma.
- También se ha asociado el signo a la notación musical de las neumas.
- Parecido a la anterior es la hipótesis de que expresa gráficamente la entonación del hablante.
- Finalmente, hay quienes atribuyen la invención a personas concretas de la Antigüedad o la Edad Media.>>
martes, 27 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
Relato Breve
Era una noche de tormenta y lluvia, estábamos en casa de una amiga y para no aburrirnos decidimos mi amiga y yo hacer una ouija para ver lo que se sentía. Empezamos a jugar y preguntamos que quien iba a morir esa noche, la tabla respondió que yo iba a morir, me asusté tanto que paramos de jugar y empezamos a contar historias de terror. Cuando nos cansamos de jugar bagué a por un vaso de agua, empecé a escuchar ruidos que no sabía de donde procedían, subí corriendo a la habitación y le dije a mi amiga que había escuchado ruidos por el salón. Las dos bajamos a ver que estaba ocurriendo, vimos una sombra en el jardín que se iba alejando, cuando nos dimos la vuelta para subir a la habitación oímos correr. Nos dimos la vuelta y ahí estaba un tipo vestido de negro con un pasa montañas negro intentando entrar, fuimos a llamar a la policía, pero no había señal. De repente oímos como se rompía un cristal, subimos las escaleras corriendo y nos encerramos en la habitación, el hombre subió despacio las escaleras y empezó a buscarnos por las habitaciones, cuando llego a la que estábamos nosotras empezó a destruir la puerta. Cuando me dí cuenta mi amiga ya estaba destrozada a chuchillazos, se había comido los intestinos y cuando termino vino a por mi y de repente desaparecí como mi amiga, destrozada a cuchillazos y con los intestinos fuera.
martes, 6 de octubre de 2009
No morí en nueva york
Según una encuesta de la Universidad de Pittsburgh, del total de decisiones que tomo al día, 86% son un error. Pequeños o graves errores que se suceden constantes, puntuales, irrevocables, como hits de Madonna. No es fácil vivir aquí adentro, ser la eterna víctima de mí misma. Uno de mis errores más recientes fue haber planificado, dentro de mis vacaciones, pasar sólo tres días en Nueva York. Sólo. Como si Nueva York fuera Las Vegas, donde luego de ver veinte hoteles esquizofrénicos, emborracharte y pasar la noche haciendo estupideces, te morirías del aburrimiento. Como si fuera Praga o Florencia, donde tras visitar mil museos, iglesias y cementerios ya no tendrías nada que hacer.
Además, aparte, crecí con esa creencia sin fundamento, muy New Age, de que si uno quiere algo mucho-mucho, pasa. ¡Haz que suceda! Mente positiva. Bah. Hago fuerza, frunzo el ceño, “piensa positivo”, pienso. Y nada, la magia no se da. El día en que toda esa energía positiva surta efecto y pase todo lo que quiero que pase, lo más probable es que me arrepienta del desastre universal que habré creado.
Total que mi inoperante energía positiva y yo decidimos que haría buen tiempo justo los tres escasos días que iría a Nueva York. Pero el mito de la energía positiva hay que combinarlo con decisiones correctas, ese es el truco. Así uno tiene la fantasía de que esa payasada funciona. En cambio, mi pobre energía positiva, empantanada en medio de tantas decisiones erróneas, es tan ridículamente ineficaz como una aspirina para combatir el cáncer. Esto me ocurre en la mayoría de los casos, pero ahora estoy hablando de Nueva York y de las 72 horas en que no paró de llover.
El primer día no fue un problema porque fui al teatro y a casa de una amiga, estaba resguardada. Pero el segundo era El Día Para Conocer Manhattan. Apenas salí de una estación de metro que me escupió en Times Square, me atacaron un viento frío y un agua gélida que caía con fuerza, con unos gotones que dejaban cráteres en mi cabeza. Saqué el mapa y, antes de que se empapara y se borraran los nombres de las calles, logré entender que estaba cerca de Grand Central. Wow, la estación de trenes donde hacen tantos flashmobs. Seguro tiene techo. En el camino me compré un paraguas grotescamente caro y llegué. Con solemnidad, traté de internarme en los cientos de clips filmados en ese lugar y que me daban una sensación de déjà vu. Me demoré tomando fotos olvidables hasta que fue evidente que estaba perdiendo el tiempo. Basta de Grand Central, Leila, estás en Nueva York, tienes un día, sal de aquí.
Salí. Lluvia, frío. El paraguas se dio vuelta y se convirtió en una antena para la detección de extraterrestres que habría usado feliz Ed Wood para alguna lúgubre escenografía. Lo tiré y seguí mojándome. Un hombre que vendía paseos turísticos en autobús, de esos en los que uno se puede subir y bajar cuando quiera, notó mi desamparo y me recitó los beneficios de su tour. “¿Los autobuses tienen techo?”, pregunté. “Sí, claro”, dijo. Le compré el paquete y me mandó a una parada más adelante. Cuando por fin llegó el autobús, descubrí que no había ningún techo. Como consuelo me dieron un “free poncho” impermeable para poder disfrutar de la ciudad al aire libre, bajo la lluvia, con frío, en un autobús andando y con un tipo más infeliz que yo que me mostraba, con un micrófono que amplificaba el viento, los puntos turísticos de interés.
Como se sabe, esos ponchos baratos de plástico no son muy ergonómicos ni los diseña Prada, o sea que el gorro, una vez puesto sobre la cabeza, no hay quien lo mueva. Esto da una visibilidad reducida a exactamente un ángulo recto ante los ojos. Cuando el guía me mostraba algo a un lado o sobre mí, yo movía la cabeza pero el gorro se quedaba ahí, como anteojeras de caballo, por lo que todo lo que veía arriba y a los costados era un plástico amarillo inmutable. Sólo pude apreciar lo que tenía delante, la mayoría de las veces semáforos. Saben, una vez que había conseguido armonizar el frío, la lluvia y el poncho, a fin de que ni yo, ni el morral, ni la cámara ni mi mente positiva nos mojáramos demasiado, moverme un centímetro era una decisión muy difícil que conllevaba un gran esfuerzo posterior de húmedo reacomodo. Lo hice en contadas ocasiones: cuando me anunciaron que allá arriba estaba el Empire State levanté la cabeza y lo vi entre las nubes, indistinguible del resto de los edificios. Luego me dijeron: “Ahí, la estatua de la libertad”. Cedí y me saqué el gorro de nuevo para ver una bruma en medio de la cual una mancha verde, que podía haber sido una gota de grasa en mis lentes, prometía ser la icónica escultura. “Allá el puente de Brooklyn”, “Allá Wall Street”. Todo era igual: un plástico amarillo o una sombra en la neblina. Decidí bajarme y caminar bajo la lluvia, si total ya estaba mojándome en ese autobús donde, además, recibía chorros de agua helada que lanzaban los autos desde las avenidas que pasaban por arriba.
Fui a parar a Greenwich Village, una linda zona llena de comercios que recorrí uno por uno, con la ilógica esperanza (energía positiva) de que pronto dejaría de llover. Entraba con mi poncho amarillo goteando y mojando toda la tienda a mi paso. Pero hasta los gringos que atendían los negocios y que son extraordinariamente cordiales comenzaron a mirarme con disgusto. Al final ya sólo podía meterme en sex shops, que eran los únicos sitios donde no me miraban feo. Supongo que es porque estar mojado es parte del concepto. Vi con el mayor interés y toda la demora posible los artilugios más delirantes, tenía que leer las instrucciones de la mayoría para entender su utilidad. Había unos consoladores astronómicos que me daría terror meter en mi casa, ni digamos en cualquier otra parte. El premio se lo ganó una graciosa lengua a pilas cuyo funcionamiento el chico de la tienda ofreció mostrarme tras comprobar mi detenida fascinación. Salí espantada, pero como aún llovía me metí en la tienda de al lado, que era otro sex shop. Cuando terminó la calle, toda de sex shops, aún no había dejado de llover y yo ya me sentía una geisha entrenada para la guerra.
Luego fui a comer a un restaurante italiano. El dueño flirteó un poco conmigo diciéndome que una venezolana con sangre italiana, como yo, tenía que ser “caliente en la cama” (en español en el original), comentario ordinario y bobo, pero yo venía de pasar un día bajo la lluvia, muerta de frío y refugiándome en una eterna calle de sex shops. No se puede galantear impunemente, quise decirle. Usted no toque si no va a comprar, señor. Debería estar penalizado cortejar sin concretar.
Luego de comer, halagada pero aún con frío, salí a mojarme de nuevo. Por si no se ha notado aún a lo largo de este blog, soy bastante hipocondríaca. Sé que voy a morir pronto en un accidente en un taxi uruguayo, en un avión o, si la vida me sonríe, asfixiada por una falla pulmonar. Una neumonía reciente me dejó bastante débil y aún así me estoy suicidando homeopáticamente con cigarrillos, o sea que me protejo bastante de cualquier cosa que pueda afectar mi desgraciado aparato respiratorio. Mientras pasaba tanto frío y se mojaba cada centímetro de mi erróneo ser en las calles de Nueva York, sabía que iba a morir. Sentía latir la cicatriz en mi pulmón derecho. Un amigo, con el que me encontraría esa noche, tendría que encargarse del engorro del entierro y todo eso. Lo lamenté por él, pero decidí, en un arresto de valentía inédito en mí, que no me importaba morir. Iba a conocer Manhattan ese día, carajo, a disfrutarlo y a estirar la pata al día siguiente y punto.
Pero no me enfermé. Casi lo lamento. Habría sido una muerte heroica. Ahora estoy en casa de nuevo, cometiendo un error tras otro y pensando positivo estérilmente, como antes, sin que se dé la magia.
Además, aparte, crecí con esa creencia sin fundamento, muy New Age, de que si uno quiere algo mucho-mucho, pasa. ¡Haz que suceda! Mente positiva. Bah. Hago fuerza, frunzo el ceño, “piensa positivo”, pienso. Y nada, la magia no se da. El día en que toda esa energía positiva surta efecto y pase todo lo que quiero que pase, lo más probable es que me arrepienta del desastre universal que habré creado.
Total que mi inoperante energía positiva y yo decidimos que haría buen tiempo justo los tres escasos días que iría a Nueva York. Pero el mito de la energía positiva hay que combinarlo con decisiones correctas, ese es el truco. Así uno tiene la fantasía de que esa payasada funciona. En cambio, mi pobre energía positiva, empantanada en medio de tantas decisiones erróneas, es tan ridículamente ineficaz como una aspirina para combatir el cáncer. Esto me ocurre en la mayoría de los casos, pero ahora estoy hablando de Nueva York y de las 72 horas en que no paró de llover.
El primer día no fue un problema porque fui al teatro y a casa de una amiga, estaba resguardada. Pero el segundo era El Día Para Conocer Manhattan. Apenas salí de una estación de metro que me escupió en Times Square, me atacaron un viento frío y un agua gélida que caía con fuerza, con unos gotones que dejaban cráteres en mi cabeza. Saqué el mapa y, antes de que se empapara y se borraran los nombres de las calles, logré entender que estaba cerca de Grand Central. Wow, la estación de trenes donde hacen tantos flashmobs. Seguro tiene techo. En el camino me compré un paraguas grotescamente caro y llegué. Con solemnidad, traté de internarme en los cientos de clips filmados en ese lugar y que me daban una sensación de déjà vu. Me demoré tomando fotos olvidables hasta que fue evidente que estaba perdiendo el tiempo. Basta de Grand Central, Leila, estás en Nueva York, tienes un día, sal de aquí.
Salí. Lluvia, frío. El paraguas se dio vuelta y se convirtió en una antena para la detección de extraterrestres que habría usado feliz Ed Wood para alguna lúgubre escenografía. Lo tiré y seguí mojándome. Un hombre que vendía paseos turísticos en autobús, de esos en los que uno se puede subir y bajar cuando quiera, notó mi desamparo y me recitó los beneficios de su tour. “¿Los autobuses tienen techo?”, pregunté. “Sí, claro”, dijo. Le compré el paquete y me mandó a una parada más adelante. Cuando por fin llegó el autobús, descubrí que no había ningún techo. Como consuelo me dieron un “free poncho” impermeable para poder disfrutar de la ciudad al aire libre, bajo la lluvia, con frío, en un autobús andando y con un tipo más infeliz que yo que me mostraba, con un micrófono que amplificaba el viento, los puntos turísticos de interés.
Como se sabe, esos ponchos baratos de plástico no son muy ergonómicos ni los diseña Prada, o sea que el gorro, una vez puesto sobre la cabeza, no hay quien lo mueva. Esto da una visibilidad reducida a exactamente un ángulo recto ante los ojos. Cuando el guía me mostraba algo a un lado o sobre mí, yo movía la cabeza pero el gorro se quedaba ahí, como anteojeras de caballo, por lo que todo lo que veía arriba y a los costados era un plástico amarillo inmutable. Sólo pude apreciar lo que tenía delante, la mayoría de las veces semáforos. Saben, una vez que había conseguido armonizar el frío, la lluvia y el poncho, a fin de que ni yo, ni el morral, ni la cámara ni mi mente positiva nos mojáramos demasiado, moverme un centímetro era una decisión muy difícil que conllevaba un gran esfuerzo posterior de húmedo reacomodo. Lo hice en contadas ocasiones: cuando me anunciaron que allá arriba estaba el Empire State levanté la cabeza y lo vi entre las nubes, indistinguible del resto de los edificios. Luego me dijeron: “Ahí, la estatua de la libertad”. Cedí y me saqué el gorro de nuevo para ver una bruma en medio de la cual una mancha verde, que podía haber sido una gota de grasa en mis lentes, prometía ser la icónica escultura. “Allá el puente de Brooklyn”, “Allá Wall Street”. Todo era igual: un plástico amarillo o una sombra en la neblina. Decidí bajarme y caminar bajo la lluvia, si total ya estaba mojándome en ese autobús donde, además, recibía chorros de agua helada que lanzaban los autos desde las avenidas que pasaban por arriba.
Fui a parar a Greenwich Village, una linda zona llena de comercios que recorrí uno por uno, con la ilógica esperanza (energía positiva) de que pronto dejaría de llover. Entraba con mi poncho amarillo goteando y mojando toda la tienda a mi paso. Pero hasta los gringos que atendían los negocios y que son extraordinariamente cordiales comenzaron a mirarme con disgusto. Al final ya sólo podía meterme en sex shops, que eran los únicos sitios donde no me miraban feo. Supongo que es porque estar mojado es parte del concepto. Vi con el mayor interés y toda la demora posible los artilugios más delirantes, tenía que leer las instrucciones de la mayoría para entender su utilidad. Había unos consoladores astronómicos que me daría terror meter en mi casa, ni digamos en cualquier otra parte. El premio se lo ganó una graciosa lengua a pilas cuyo funcionamiento el chico de la tienda ofreció mostrarme tras comprobar mi detenida fascinación. Salí espantada, pero como aún llovía me metí en la tienda de al lado, que era otro sex shop. Cuando terminó la calle, toda de sex shops, aún no había dejado de llover y yo ya me sentía una geisha entrenada para la guerra.
Luego fui a comer a un restaurante italiano. El dueño flirteó un poco conmigo diciéndome que una venezolana con sangre italiana, como yo, tenía que ser “caliente en la cama” (en español en el original), comentario ordinario y bobo, pero yo venía de pasar un día bajo la lluvia, muerta de frío y refugiándome en una eterna calle de sex shops. No se puede galantear impunemente, quise decirle. Usted no toque si no va a comprar, señor. Debería estar penalizado cortejar sin concretar.
Luego de comer, halagada pero aún con frío, salí a mojarme de nuevo. Por si no se ha notado aún a lo largo de este blog, soy bastante hipocondríaca. Sé que voy a morir pronto en un accidente en un taxi uruguayo, en un avión o, si la vida me sonríe, asfixiada por una falla pulmonar. Una neumonía reciente me dejó bastante débil y aún así me estoy suicidando homeopáticamente con cigarrillos, o sea que me protejo bastante de cualquier cosa que pueda afectar mi desgraciado aparato respiratorio. Mientras pasaba tanto frío y se mojaba cada centímetro de mi erróneo ser en las calles de Nueva York, sabía que iba a morir. Sentía latir la cicatriz en mi pulmón derecho. Un amigo, con el que me encontraría esa noche, tendría que encargarse del engorro del entierro y todo eso. Lo lamenté por él, pero decidí, en un arresto de valentía inédito en mí, que no me importaba morir. Iba a conocer Manhattan ese día, carajo, a disfrutarlo y a estirar la pata al día siguiente y punto.
Pero no me enfermé. Casi lo lamento. Habría sido una muerte heroica. Ahora estoy en casa de nuevo, cometiendo un error tras otro y pensando positivo estérilmente, como antes, sin que se dé la magia.
martes, 22 de septiembre de 2009
Johann Wolfgang von Goethe
Biografía:
El propio Goethe narró su vida en un libro autobiográfico, Poesía y verdad (1811 y ss.), que llega hasta el aNació en Fráncfort del Meno(Frankfurt am Main), hijo de Johann Caspar Goethe, un abogado y consejero imperial que se retiró de la vida pública y educó a sus hijos él mismo, bajo la máxima de no perder el tiempo en lo más mínimo, y de Katharina Elisabeth Textor, hija de un antiguo burgomaestre de Frankfurt. Estas vinculaciones familiares le pusieron en contacto desde el principio con el patriciado urbano y la vida política.
De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente de todo y llegó a acumular una omnímoda o completa cultura. Primeramente estudió lenguas, aunque sus inclinaciones iban por el arte y nunca, a lo largo de toda su vida, dejó de cultivar el dibujo; al tiempo que escribía sus primeros poemas, se interesó por otras ramas del conocimiento como la geología, la química y la medicina.
Goethe estudió Derecho en Leipzig (1765); allí conoció los escritos de Winckelmann sobre arte y cultura griegas, pero una grave enfermedad le obligó a dejar los estudios en 1768 y volver a Frankfurt; Katharina von Klettenberg, amiga de su madre, le cuidó y le introdujo en el misticismo pietista, que ponía su énfasis en el sentimiento dentro de la confesión protestante; por entonces compuso sus primeros poemas. Retomó los estudios en 1770 en Estrasburgo y los concluyó al año siguiente; esos dos años allí fueron muy importantes para él: conoció a Friederike Brion, que le inspiró la mayoría de sus personajes femeninos, y trabó amistad con el filósofo Johann Gottfried von Herder, cuyos Discursos a la nación alemana tanto influyeron en el Romanticismo alemán. Herder le introdujo en la poesía popular alemana, le descubrió el universo de Shakespeare y le liberó definitivamente del Neoclasicismo francés y de la confianza en la razón de la Aufklärung alemana.
Vuelto de nuevo a Fráncfort, escribió la tragedia Götz von Berlichingen (1773) y al año siguiente su novela Las cuitas del joven Werther(1774) y colaboró con Herder en la redacción del manifiesto del movimiento Sturm und Drang («Tempestad y arrebato»), considerado el preludio del Romanticismo en Alemania: Sobre el estilo y el arte alemán (1773). En esta obra se reivindica la poesía de James MacPherson (Ossian) y de Shakespeare.
La inspiración del Werther le venía de mediados de 1772, cuando un amor no correspondido por una tal Charlotte Buff, esposa de un funcionario de apellido Kestner, lo había tenido en dos años de calvario, de los que salió al enamorarse de la jovencísima Maximiliana Brentano. Aquel desamor y el suicidio de un conocido suyo inspiraron en 1774 la composición de la novela, en parte epistolar. Las desventuras del joven Werther tuvo un éxito tan grande y representó tan bien en la figura del protagonista el desencanto de las jóvenes generaciones que suscitó una epidemia de suicidios adolescentes en el país.
Entre 1772 y 1775 escribió además los dramas Clavijo (1774) y Stella (1775). Mientras, intentaba abrir con poca fortuna en Frankfurt un bufete de abogado, y como además había roto su compromiso de matrimonio con Lili Schömemann, no dudó en 1775 en aceptar la invitación a la Corte de Weimar de Carlos-Augusto, heredero del ducado de Sajonia-Weimar, y marchó hacia allá prácticamente huyendo de las dos cosas, de la abogacía y del compromiso sentimental.ño 1775.
Entró al servicio del príncipe heredero Carlos Augusto y fijó su residencia en Weimar ya hasta su muerte. Las tareas que éste le encomienda le hacen abandonar prácticamente la literatura durante casi diez años. Allí Anna Amalia, madre de Carlos Augusto, que había empezado a crear un círculo de intelectuales con el preceptor de su hijo, Wieland, lo amplió al incluir en él a Goethe y posteriormente Herder y Friedrich von Schiller; fugazmente pasaron también por allí Jakob Michael Reinhold Lenz y Friedrich Maximilian Klinger. Goethe pasa de ser consejero secreto de legación (1776) a consejero secreto (1779) y finalmente se convierte en una especie de ministro supremo.
Inicia en esa época sus investigaciones científicas. Interesado por la óptica, concibió una teorí distinta a la de Isaac Newton sobre los colores y también investigó en geología, química y osteología, disciplina esta última en que descubrió el hueso intermaxilar en marzo de 1784, que pone una de las primeras piedras en la teoría de la evolución del hombre, aunque en esto se le adelantó por muy poco un anatomista francés, lo que le supuso una gran frustración. Las cartas a Charlotte von Stein dan fe de esta época de su vida, envuelta en todo tipo de encargos y gestiones para reformar el muy pequeño y humilde estado de Weimar.
Desde un puesto tan importante tuvo la oportunidad de relacionarse con la alta aristocracia y conoció a personajes notables, como Napoleón Bonaparte, Ludwig van Beethoven, Friedrich von Schiller y Arthur Schopenhauer. En 1782 fue añadida la partícula von a su apellido por el mismo Duque Carlos Augusto pese a las protestas de la nobleza, para formar parte de la Corte con un cargo equiparable al de los restantes ministros, pertenecientes todos a ella.
Ingresó en la Masonería el 11 de febrero de 1783, aunque según el escritor masónico Lorenzo Frau Abrines, la fecha de su ingreso es anterior, el 23 de junio de 1780, dentro de la efímera logia Amalia, que abatió columnas dos años después. En 1830, dos años antes de su muerte, Goethe compuso un poema titulado Para la fiesta de San Juan de 1830, en ocasión de celebrarse su cincuentenario como miembro de la masonería. A su condición de masón y a su paso por la Masonería, así como a otras aficiones que al parecer cultivó, se atribuye influencia en su obra, especialmente en Fausto.
Por otra parte, seguía profundizando en el estudio del teatro de William Shakespeare y de Pedro Calderón de la Barca, algunas de cuyas obras (por ejemplo, El príncipe constante de Calderón) hace representar con éxito como encargado del teatro en la Corte de Weimar; en estas funciones empezó a cartearse con Schiller. Las lecturas teatrales de estos autores amplían notablemente los horizontes de su espíritu. Le domina además el entusiasmo ante la falsa poesía céltica de Ossian y escribe un famoso monólogo del gran dios del Romanticismo, Prometeo, que personificaba el genio rebelde de los creadores y del cual se sintió justamente orgulloso:
Fue como la mecha que provocara el estallido que descubrió y sacó a plena luz las más secretas condiciones de hombres dignos. (Poesía y verdad, lib. XV)
Así fue en efecto, en lo referido al movimiento conocido como titanismo, uno de cuyos más preclaros representantes fue Giacomo Leopardi. Merced a Goethe, Weimar se convirtió en el auténtico centro cultural de Alemania; allí compuso poemas inspirados por Charlotte von Stein y empezó la redacción de sus obras más ambiciosas, como sus dramas Ifigenia en Táuride (1787) Egmont y Fausto, que luego revisaría a fondo tras la profunda impresión que recibió en su trascendental viaje a Italia (1786–1788), que cambió su desequilibrada estética romántica por el equilibrio clásico. Empezó en Venecia, donde compuso sus Epigramas venecianos, y terminó en Roma, donde estudió la cultura grecolatina a fondo; de esta época son sus Elegías romanas. El viaje a Italia supone el comienzo de su periodo clásico.
Sin embargo, a su regreso a Weimar en 1788 se encuentra una gran oposición a su nueva estética; es más, se forma un cierto escándalo cuando llega a divulgarse que desde ese mismo año vive amancebado con una jovencita, Christiane Vulpius (1765–1816), que le dio al año siguiente un hijo, Julius August Walther von Goethe (1789–1830); cuatro abortos sucesivos posteriores inducen a creer que entre ambos había incompatibilidad de grupos sanguíneos, en aquella época desconocida. Goethe legitimó a su único hijo en 1800.
No abandonó completamente su pretensión de labrarse una carrera científica. En Zur Farbenlehre, 1810, intentó refutar con poca fortuna la teoría de los colores de Newton. En el primer volumen de esta obra se halla la que es sin duda la primera historia comprensiva de la ciencia.
Dirigió el Teatro ducal entre 1791 y 1813 y con motivo de este cargo conoció en 1794 al dramaturgo Friedrich von Schiller, con el que sostuvo una luenga amistad y cierta correspondencia epistolar hasta la muerte de éste en 1805. Schiller publicó las hasta entonces inéditas Elegías romanas de Goethe en su periódico, Las Horas, en 1795. También imprimió la novela Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (1796) y la novela en verso Hermann y Dorothea (1798). Schiller incitó a Goethe a que prosiguiera en la gran obra de su vida, el Fausto, poema que no paraba de corregir y ampliar y cuya primera versión apareció en 1808. Desde dos años antes se hallaba ya casado con Christiane Vulpius, quizá para acallar a quienes criticaban su estilo de vida. El hecho más importante quizá de esta época de su vida es su entrevista en Érfurt con Napoleón I en 1808, cuando el ejército francés ocupaba parte del territorio prusiano en el marco de las guerras Napoleónicas.
La Revolución francesa supuso para Goethe un gran trastorno; algunos de sus epigramas venecianos ya tratan este tema, pero como su pensamiento se hallaba por completo imbuido del equilibrio y armonía del clasicismo y veía el ser como una totalidad orgánica a partir de la filosofía de Kant, el desarrollo de la revolución y el cambio provocado por la violencia le parecían una atrocidad. Eso se plasmó en algunas obras de entonces, como la colección de novelitas breves Conversaciones de emigrados alemanes (1795), la obra épica Germán y Dorotea (1797) y la tragedia La hija natural (1799 y ss.). Algo después aparecen las novelas de madurez: Las afinidades electivas (1809) y Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister (1821, revisado en 1829), así como un diario de su viaje por Italia, Viajes italianos (1816), su autobiografía Poesía y verdad en varias entregas (1811–1833) y un poemario, Diván de Oriente y Occidente (1819), donde se deja sentir algo el influjo de la poesía oriental. Goethe murió en Weimar el 22 de marzo de 1832. La versión final de su gran poema coral Fausto apareció póstuma ese mismo año.
En cuanto a su carrera literaria, Goethe la inició en el seno de un exasperado Romanticismo deudor del Sturm und Drang, cuya obra más representativa se encargó de escribir él mismo: Las cuitas del joven Werther. El viaje a Roma supuso para él ir arrinconando esa estética en una evolución que le hizo al cabo renegar del Romanticismo e identificarse con el equilibro clásico grecolatino, lo que puso fin a su tormentosa vida interior. Fue esa la revelación del Clasicismo, verdadera raíz con la que podía identificarse la cultura alemana. «Ahora comprendo el sentido del mármol», escribirá en una de sus Elegías romanas.
De ese viaje por Italia son fruto también los Epigramas venecianos, entre los cuales hay algunas meditaciones profundas sobre la contemporánea Revolución francesa o el significado de la vida y de la cultura. La postura política de Goethe es sin embargo conservadora: «prefiero la injusticia al desorden», escribirá. Eso le supuso algunos recelos por parte de otros artistas a los que no les importaba en lo más mínimo no acordarse con su contexto social, como por ejemplo Beethoven. En las dos versiones de su complejo y grandioso Fausto se encuentra el último mito que fue capaz de engendrar la cultura europea, el de cómo la grandeza intelectual y la sed omnímoda de saber pueden, sin embargo, engendrar la miseria moral y espiritual. Por otra parte, en la lectura y estudio de Spinoza encuentra también un consuelo al desequilibrio romántico que le embargaba, como cuenta en Poesía y verdad, donde se extiende en comentar especialmente su frase de que «quien bien ama a Dios, no debe exigir que Dios le ame a él».
Goethe disfrutó ya en vida de fama, respeto, prestigio y admiración. Delacroix le retrató en una litografía en 1827, aparte de ilustrar Fausto y Götz von Berlichingen. Por ello, fueron muchos los jóvenes de su época que quisieron conocerlo en persona o, cual se suele pedantescamente decir: vera effigies. Por otra parte, su secretario, Eckermann, anotaba cuidadosamente sus conversaciones con el maestro a lo largo de los años y escribió unas Conversaciones con Goethe, donde aparecen reflejadas las opiniones que en sus últimos años sostuvo sobre esas visitas y también sobre todo lo divino y lo humano.
El propio Goethe narró su vida en un libro autobiográfico, Poesía y verdad (1811 y ss.), que llega hasta el aNació en Fráncfort del Meno(Frankfurt am Main), hijo de Johann Caspar Goethe, un abogado y consejero imperial que se retiró de la vida pública y educó a sus hijos él mismo, bajo la máxima de no perder el tiempo en lo más mínimo, y de Katharina Elisabeth Textor, hija de un antiguo burgomaestre de Frankfurt. Estas vinculaciones familiares le pusieron en contacto desde el principio con el patriciado urbano y la vida política.
De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente de todo y llegó a acumular una omnímoda o completa cultura. Primeramente estudió lenguas, aunque sus inclinaciones iban por el arte y nunca, a lo largo de toda su vida, dejó de cultivar el dibujo; al tiempo que escribía sus primeros poemas, se interesó por otras ramas del conocimiento como la geología, la química y la medicina.
Goethe estudió Derecho en Leipzig (1765); allí conoció los escritos de Winckelmann sobre arte y cultura griegas, pero una grave enfermedad le obligó a dejar los estudios en 1768 y volver a Frankfurt; Katharina von Klettenberg, amiga de su madre, le cuidó y le introdujo en el misticismo pietista, que ponía su énfasis en el sentimiento dentro de la confesión protestante; por entonces compuso sus primeros poemas. Retomó los estudios en 1770 en Estrasburgo y los concluyó al año siguiente; esos dos años allí fueron muy importantes para él: conoció a Friederike Brion, que le inspiró la mayoría de sus personajes femeninos, y trabó amistad con el filósofo Johann Gottfried von Herder, cuyos Discursos a la nación alemana tanto influyeron en el Romanticismo alemán. Herder le introdujo en la poesía popular alemana, le descubrió el universo de Shakespeare y le liberó definitivamente del Neoclasicismo francés y de la confianza en la razón de la Aufklärung alemana.
Vuelto de nuevo a Fráncfort, escribió la tragedia Götz von Berlichingen (1773) y al año siguiente su novela Las cuitas del joven Werther(1774) y colaboró con Herder en la redacción del manifiesto del movimiento Sturm und Drang («Tempestad y arrebato»), considerado el preludio del Romanticismo en Alemania: Sobre el estilo y el arte alemán (1773). En esta obra se reivindica la poesía de James MacPherson (Ossian) y de Shakespeare.
La inspiración del Werther le venía de mediados de 1772, cuando un amor no correspondido por una tal Charlotte Buff, esposa de un funcionario de apellido Kestner, lo había tenido en dos años de calvario, de los que salió al enamorarse de la jovencísima Maximiliana Brentano. Aquel desamor y el suicidio de un conocido suyo inspiraron en 1774 la composición de la novela, en parte epistolar. Las desventuras del joven Werther tuvo un éxito tan grande y representó tan bien en la figura del protagonista el desencanto de las jóvenes generaciones que suscitó una epidemia de suicidios adolescentes en el país.
Entre 1772 y 1775 escribió además los dramas Clavijo (1774) y Stella (1775). Mientras, intentaba abrir con poca fortuna en Frankfurt un bufete de abogado, y como además había roto su compromiso de matrimonio con Lili Schömemann, no dudó en 1775 en aceptar la invitación a la Corte de Weimar de Carlos-Augusto, heredero del ducado de Sajonia-Weimar, y marchó hacia allá prácticamente huyendo de las dos cosas, de la abogacía y del compromiso sentimental.ño 1775.
Entró al servicio del príncipe heredero Carlos Augusto y fijó su residencia en Weimar ya hasta su muerte. Las tareas que éste le encomienda le hacen abandonar prácticamente la literatura durante casi diez años. Allí Anna Amalia, madre de Carlos Augusto, que había empezado a crear un círculo de intelectuales con el preceptor de su hijo, Wieland, lo amplió al incluir en él a Goethe y posteriormente Herder y Friedrich von Schiller; fugazmente pasaron también por allí Jakob Michael Reinhold Lenz y Friedrich Maximilian Klinger. Goethe pasa de ser consejero secreto de legación (1776) a consejero secreto (1779) y finalmente se convierte en una especie de ministro supremo.
Inicia en esa época sus investigaciones científicas. Interesado por la óptica, concibió una teorí distinta a la de Isaac Newton sobre los colores y también investigó en geología, química y osteología, disciplina esta última en que descubrió el hueso intermaxilar en marzo de 1784, que pone una de las primeras piedras en la teoría de la evolución del hombre, aunque en esto se le adelantó por muy poco un anatomista francés, lo que le supuso una gran frustración. Las cartas a Charlotte von Stein dan fe de esta época de su vida, envuelta en todo tipo de encargos y gestiones para reformar el muy pequeño y humilde estado de Weimar.
Desde un puesto tan importante tuvo la oportunidad de relacionarse con la alta aristocracia y conoció a personajes notables, como Napoleón Bonaparte, Ludwig van Beethoven, Friedrich von Schiller y Arthur Schopenhauer. En 1782 fue añadida la partícula von a su apellido por el mismo Duque Carlos Augusto pese a las protestas de la nobleza, para formar parte de la Corte con un cargo equiparable al de los restantes ministros, pertenecientes todos a ella.
Ingresó en la Masonería el 11 de febrero de 1783, aunque según el escritor masónico Lorenzo Frau Abrines, la fecha de su ingreso es anterior, el 23 de junio de 1780, dentro de la efímera logia Amalia, que abatió columnas dos años después. En 1830, dos años antes de su muerte, Goethe compuso un poema titulado Para la fiesta de San Juan de 1830, en ocasión de celebrarse su cincuentenario como miembro de la masonería. A su condición de masón y a su paso por la Masonería, así como a otras aficiones que al parecer cultivó, se atribuye influencia en su obra, especialmente en Fausto.
Por otra parte, seguía profundizando en el estudio del teatro de William Shakespeare y de Pedro Calderón de la Barca, algunas de cuyas obras (por ejemplo, El príncipe constante de Calderón) hace representar con éxito como encargado del teatro en la Corte de Weimar; en estas funciones empezó a cartearse con Schiller. Las lecturas teatrales de estos autores amplían notablemente los horizontes de su espíritu. Le domina además el entusiasmo ante la falsa poesía céltica de Ossian y escribe un famoso monólogo del gran dios del Romanticismo, Prometeo, que personificaba el genio rebelde de los creadores y del cual se sintió justamente orgulloso:
Fue como la mecha que provocara el estallido que descubrió y sacó a plena luz las más secretas condiciones de hombres dignos. (Poesía y verdad, lib. XV)
Así fue en efecto, en lo referido al movimiento conocido como titanismo, uno de cuyos más preclaros representantes fue Giacomo Leopardi. Merced a Goethe, Weimar se convirtió en el auténtico centro cultural de Alemania; allí compuso poemas inspirados por Charlotte von Stein y empezó la redacción de sus obras más ambiciosas, como sus dramas Ifigenia en Táuride (1787) Egmont y Fausto, que luego revisaría a fondo tras la profunda impresión que recibió en su trascendental viaje a Italia (1786–1788), que cambió su desequilibrada estética romántica por el equilibrio clásico. Empezó en Venecia, donde compuso sus Epigramas venecianos, y terminó en Roma, donde estudió la cultura grecolatina a fondo; de esta época son sus Elegías romanas. El viaje a Italia supone el comienzo de su periodo clásico.
Sin embargo, a su regreso a Weimar en 1788 se encuentra una gran oposición a su nueva estética; es más, se forma un cierto escándalo cuando llega a divulgarse que desde ese mismo año vive amancebado con una jovencita, Christiane Vulpius (1765–1816), que le dio al año siguiente un hijo, Julius August Walther von Goethe (1789–1830); cuatro abortos sucesivos posteriores inducen a creer que entre ambos había incompatibilidad de grupos sanguíneos, en aquella época desconocida. Goethe legitimó a su único hijo en 1800.
No abandonó completamente su pretensión de labrarse una carrera científica. En Zur Farbenlehre, 1810, intentó refutar con poca fortuna la teoría de los colores de Newton. En el primer volumen de esta obra se halla la que es sin duda la primera historia comprensiva de la ciencia.
Dirigió el Teatro ducal entre 1791 y 1813 y con motivo de este cargo conoció en 1794 al dramaturgo Friedrich von Schiller, con el que sostuvo una luenga amistad y cierta correspondencia epistolar hasta la muerte de éste en 1805. Schiller publicó las hasta entonces inéditas Elegías romanas de Goethe en su periódico, Las Horas, en 1795. También imprimió la novela Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (1796) y la novela en verso Hermann y Dorothea (1798). Schiller incitó a Goethe a que prosiguiera en la gran obra de su vida, el Fausto, poema que no paraba de corregir y ampliar y cuya primera versión apareció en 1808. Desde dos años antes se hallaba ya casado con Christiane Vulpius, quizá para acallar a quienes criticaban su estilo de vida. El hecho más importante quizá de esta época de su vida es su entrevista en Érfurt con Napoleón I en 1808, cuando el ejército francés ocupaba parte del territorio prusiano en el marco de las guerras Napoleónicas.
La Revolución francesa supuso para Goethe un gran trastorno; algunos de sus epigramas venecianos ya tratan este tema, pero como su pensamiento se hallaba por completo imbuido del equilibrio y armonía del clasicismo y veía el ser como una totalidad orgánica a partir de la filosofía de Kant, el desarrollo de la revolución y el cambio provocado por la violencia le parecían una atrocidad. Eso se plasmó en algunas obras de entonces, como la colección de novelitas breves Conversaciones de emigrados alemanes (1795), la obra épica Germán y Dorotea (1797) y la tragedia La hija natural (1799 y ss.). Algo después aparecen las novelas de madurez: Las afinidades electivas (1809) y Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister (1821, revisado en 1829), así como un diario de su viaje por Italia, Viajes italianos (1816), su autobiografía Poesía y verdad en varias entregas (1811–1833) y un poemario, Diván de Oriente y Occidente (1819), donde se deja sentir algo el influjo de la poesía oriental. Goethe murió en Weimar el 22 de marzo de 1832. La versión final de su gran poema coral Fausto apareció póstuma ese mismo año.
En cuanto a su carrera literaria, Goethe la inició en el seno de un exasperado Romanticismo deudor del Sturm und Drang, cuya obra más representativa se encargó de escribir él mismo: Las cuitas del joven Werther. El viaje a Roma supuso para él ir arrinconando esa estética en una evolución que le hizo al cabo renegar del Romanticismo e identificarse con el equilibro clásico grecolatino, lo que puso fin a su tormentosa vida interior. Fue esa la revelación del Clasicismo, verdadera raíz con la que podía identificarse la cultura alemana. «Ahora comprendo el sentido del mármol», escribirá en una de sus Elegías romanas.
De ese viaje por Italia son fruto también los Epigramas venecianos, entre los cuales hay algunas meditaciones profundas sobre la contemporánea Revolución francesa o el significado de la vida y de la cultura. La postura política de Goethe es sin embargo conservadora: «prefiero la injusticia al desorden», escribirá. Eso le supuso algunos recelos por parte de otros artistas a los que no les importaba en lo más mínimo no acordarse con su contexto social, como por ejemplo Beethoven. En las dos versiones de su complejo y grandioso Fausto se encuentra el último mito que fue capaz de engendrar la cultura europea, el de cómo la grandeza intelectual y la sed omnímoda de saber pueden, sin embargo, engendrar la miseria moral y espiritual. Por otra parte, en la lectura y estudio de Spinoza encuentra también un consuelo al desequilibrio romántico que le embargaba, como cuenta en Poesía y verdad, donde se extiende en comentar especialmente su frase de que «quien bien ama a Dios, no debe exigir que Dios le ame a él».
Goethe disfrutó ya en vida de fama, respeto, prestigio y admiración. Delacroix le retrató en una litografía en 1827, aparte de ilustrar Fausto y Götz von Berlichingen. Por ello, fueron muchos los jóvenes de su época que quisieron conocerlo en persona o, cual se suele pedantescamente decir: vera effigies. Por otra parte, su secretario, Eckermann, anotaba cuidadosamente sus conversaciones con el maestro a lo largo de los años y escribió unas Conversaciones con Goethe, donde aparecen reflejadas las opiniones que en sus últimos años sostuvo sobre esas visitas y también sobre todo lo divino y lo humano.
Curso 2009/2010 Ambito Sociolinguistico 2
Espero que este año no tengamos tantas discusiones como el año pasado, me alegro de que haya pasado de curso. Para empezar, me parece mal de que no haya viaje de fin de curso para los alumnos de 4º de ESO del instituto Carrillo de Mendoza de Priego, para mi el viaje del Camino de Santiago no me parece de que esa excursion de viaje de fin de curso.
martes, 26 de mayo de 2009
El Bubisher
Mi admirado Gonzalo Moure me envía un correo con buenas nuevas. Él y mucha otra gente, mencionados en la información de la Redacción del Bubisher que transcribo a continuación, han hecho posible que todos los niños del Sáhara tengan la oportunidad de disfrutar libros maravillosos gracias al Bubisher, un camión equipado como un bibliobús, que recorre los campos de refugiados para llevar ilusión, esperanza, amor y buena suerte.Y yo sueño con la posibilidad de viajar al Sáhara de aquí a unos meses a compartir con niños y mayores cuanto he aprendido de la poesía.El Bubisher es fruto de la unidad. Unión de ideas, unión de esfuerzosEl Proyecto nació en el Colegio San Narciso, en Marín, Pontevedra. Sus alumnos, que ya habían colaborado con los refugiados saharauis comprando un cargamento de audífonos para los niños de los campamentos, tuvieron la idea de hacer llegar a sus escuelas libros de lectura. Cuando "Escritores por el Sáhara" les habló de la dificultad de su traslado hasta allí, los alumnos pensaron en un bibliobús. Aparentemente ingenua, la idea resultó magnífica, y empezó a transformarse en realidad, de la mano de la citada asociación de escritores. Como también haría falta dinero, los alumnos del San Narciso decidieron recaudarlo, a razón de 30 céntimos de euro a la semana de sus propios gastos. Con ese dinero, unos 3.000 euros al año, se pretende sufragar los gastos de personal saharaui y el mantenimiento del bibliobús. Algo en lo que colaboran ayuntamientos como el de Fraga, Huesca, y asociaciones como El Puente, de la misma localidad.Pero era necesario que alguien hiciera la donación del autobús, para ser reformado. Cerradas las puertas del Instituto Cervantes y de los ministerios del estado español, se recurrió al Gobierno Vasco, por sugerencia del parlamentario Txomin Aurrekoetxea, destacado defensor de la causa saharaui. La respuesta del Lehendakari fue casi instantánea. Y fue la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui del País Vasco la que abordó la transformación del vehículo en bibliobús, su decoración y su puesta a punto. Y de su bautizo: Bubisher, el ave que simboliza la buena suerte en el Sáhara, y que ya era título de una antología de poesía saharaui en castellano.Buena suerte fue también encontrar la colaboración de Merche Caballud y Carmen Carramiñana, profesora y maestra, Premio Nacional de Fomento de la Lectura ambas por sus grupos de lectura “Leer Juntos”. Elaboraron un proyecto lector para llevar suficientes ejemplares hasta las escuelas saharauis de libros de lectura (para préstamo y para lectura), teniendo en cuenta las edades y niveles de los alumnos (entre 8 y 12 años). El plan lector fue enviado a las editoriales más destacadas del ámbito estatal, que sin excepciones reaccionaron con generosidad y sin recorte alguno: SM, Anaya, Edelvives, Everest, Kalandraka, Kókinos, Ekaré, Media Vaca…De inmediato, el proyecto Bubisher fue acogido con entusiasmo por los ministerios de educación y cultura del gobierno saharaui y por su delegado en España. Y encontró su acomodo en un generoso plan educativo de la Universidad de Alicante , que empezará a ser puesto en marcha este mismo otoño.El Bubisher estará ubicado en el campamento 27 de febrero, y desde allí cubrirá también las wilayas de El Aiun y Smara, en las que se concentra la mayor parte de la población exiliada. Obvio es decir que el proyecto no podrá ser completo hasta que no se cubran también las necesidades de la wilaya de Dajla, la más lejana, y la de Ausserd. El Bubisher necesita hermanos gemelos.Por fin, hay que hablar de voluntarios. El Bubsiher será atendido por un conductor y un animador-bibliotecario saharaui, y dirigido por la Universidad de Alicante, pero necesita también voluntarios españoles familiarizados con la promoción de la lectura, para que su funcionamiento sea ideal. A pesar de no haber comenzado todavía a rodar, ya hay decenas de voluntarios de todo el estado español, e incluso de fuera de él, dispuestos a dar parte de sus vacaciones yendo a las escuelas saharauis a llevar libros, historias, y sueños a un pueblo que necesita la cultura para sobrevivir en la tierra más inhóspita del planeta.Ha sido tanta la gente que de alguna manera ha querido colaborar con la idea de los niños del Colegio San Narciso que es posible que hayamos cometido algún olvido. Por eso no podemos dejar de mencionar al Poemario por un Sáhara Libre, que siempre ha entendido que la cultura es un pan invisible, pero tan necesario como el otro, o a la asociación “4x4 solidario”.Ahora, sólo resta que el Bubisher traiga, como dice la sabiduría popular saharaui, la buena suerte.Tenéis más información en este enlace:
El Bubisher
Mi admirado Gonzalo Moure me envía un correo con buenas nuevas. Él y mucha otra gente, mencionados en la información de la Redacción del Bubisher que transcribo a continuación, han hecho posible que todos los niños del Sáhara tengan la oportunidad de disfrutar libros maravillosos gracias al Bubisher, un camión equipado como un bibliobús, que recorre los campos de refugiados para llevar ilusión, esperanza, amor y buena suerte.Y yo sueño con la posibilidad de viajar al Sáhara de aquí a unos meses a compartir con niños y mayores cuanto he aprendido de la poesía.El Bubisher es fruto de la unidad. Unión de ideas, unión de esfuerzosEl Proyecto nació en el Colegio San Narciso, en Marín, Pontevedra. Sus alumnos, que ya habían colaborado con los refugiados saharauis comprando un cargamento de audífonos para los niños de los campamentos, tuvieron la idea de hacer llegar a sus escuelas libros de lectura. Cuando "Escritores por el Sáhara" les habló de la dificultad de su traslado hasta allí, los alumnos pensaron en un bibliobús. Aparentemente ingenua, la idea resultó magnífica, y empezó a transformarse en realidad, de la mano de la citada asociación de escritores. Como también haría falta dinero, los alumnos del San Narciso decidieron recaudarlo, a razón de 30 céntimos de euro a la semana de sus propios gastos. Con ese dinero, unos 3.000 euros al año, se pretende sufragar los gastos de personal saharaui y el mantenimiento del bibliobús. Algo en lo que colaboran ayuntamientos como el de Fraga, Huesca, y asociaciones como El Puente, de la misma localidad.Pero era necesario que alguien hiciera la donación del autobús, para ser reformado. Cerradas las puertas del Instituto Cervantes y de los ministerios del estado español, se recurrió al Gobierno Vasco, por sugerencia del parlamentario Txomin Aurrekoetxea, destacado defensor de la causa saharaui. La respuesta del Lehendakari fue casi instantánea. Y fue la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui del País Vasco la que abordó la transformación del vehículo en bibliobús, su decoración y su puesta a punto. Y de su bautizo: Bubisher, el ave que simboliza la buena suerte en el Sáhara, y que ya era título de una antología de poesía saharaui en castellano.Buena suerte fue también encontrar la colaboración de Merche Caballud y Carmen Carramiñana, profesora y maestra, Premio Nacional de Fomento de la Lectura ambas por sus grupos de lectura “Leer Juntos”. Elaboraron un proyecto lector para llevar suficientes ejemplares hasta las escuelas saharauis de libros de lectura (para préstamo y para lectura), teniendo en cuenta las edades y niveles de los alumnos (entre 8 y 12 años). El plan lector fue enviado a las editoriales más destacadas del ámbito estatal, que sin excepciones reaccionaron con generosidad y sin recorte alguno: SM, Anaya, Edelvives, Everest, Kalandraka, Kókinos, Ekaré, Media Vaca…De inmediato, el proyecto Bubisher fue acogido con entusiasmo por los ministerios de educación y cultura del gobierno saharaui y por su delegado en España. Y encontró su acomodo en un generoso plan educativo de la Universidad de Alicante , que empezará a ser puesto en marcha este mismo otoño.El Bubisher estará ubicado en el campamento 27 de febrero, y desde allí cubrirá también las wilayas de El Aiun y Smara, en las que se concentra la mayor parte de la población exiliada. Obvio es decir que el proyecto no podrá ser completo hasta que no se cubran también las necesidades de la wilaya de Dajla, la más lejana, y la de Ausserd. El Bubisher necesita hermanos gemelos.Por fin, hay que hablar de voluntarios. El Bubsiher será atendido por un conductor y un animador-bibliotecario saharaui, y dirigido por la Universidad de Alicante, pero necesita también voluntarios españoles familiarizados con la promoción de la lectura, para que su funcionamiento sea ideal. A pesar de no haber comenzado todavía a rodar, ya hay decenas de voluntarios de todo el estado español, e incluso de fuera de él, dispuestos a dar parte de sus vacaciones yendo a las escuelas saharauis a llevar libros, historias, y sueños a un pueblo que necesita la cultura para sobrevivir en la tierra más inhóspita del planeta.Ha sido tanta la gente que de alguna manera ha querido colaborar con la idea de los niños del Colegio San Narciso que es posible que hayamos cometido algún olvido. Por eso no podemos dejar de mencionar al Poemario por un Sáhara Libre, que siempre ha entendido que la cultura es un pan invisible, pero tan necesario como el otro, o a la asociación “4x4 solidario”.Ahora, sólo resta que el Bubisher traiga, como dice la sabiduría popular saharaui, la buena suerte.Tenéis más información en este enlace:
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